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4 de mayo de 2026 · 5 min de lectura

Culpa materna: por qué la sientes y cómo no dejar que te consuma

Para toda edad

La culpa materna aparece por todo: por trabajar, por no trabajar, por perder la paciencia, por necesitar un rato para ti, por no jugar 'suficiente', por poner una pantalla, por no cocinar desde cero. Aparece tanto y por tantas cosas contradictorias entre sí, que vale la pena preguntarse si el problema es realmente lo que hiciste, o el estándar imposible contra el que te estás midiendo.

Una parte de esta culpa viene de un instinto sano: te importa mucho hacerlo bien, y eso, en el fondo, es una señal de amor. El problema no es sentir culpa alguna vez — es vivir instalada en ella, como si fuera el estado normal de ser mamá.

Algo que ayuda a diferenciar: existe la culpa útil, la que te hace corregir algo puntual ('grité más de lo que quería, voy a pedir perdón y respirar antes la próxima vez'), y existe la culpa crónica, la que no busca corregir nada, solo te castiga por existir como humana con límites. La primera tiene función. La segunda solo desgasta.

Otra fuente de culpa muy común es comparar tu detrás de cámaras con la publicación de otra mamá. Nadie sube la hora en que perdió la paciencia, la cena que fue cereal, o el día que no bañó a los niños. Ver solo lo mejor de las demás y compararlo con tu peor momento es una trampa injusta —y muy fácil de caer en ella sin darte cuenta.

La próxima vez que sientas esa culpa conocida, prueba preguntarte: ¿esto le está haciendo daño real a mi hijo, o simplemente no coincide con la idea de 'mamá perfecta' que traigo en la cabeza? La mayoría de las veces, la respuesta es lo segundo. Y esa mamá perfecta, la que nunca se cansa ni se equivoca, no existe — ni falta que hace.

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